Cómo amamos las mujeres

enerobis

Es el eterno tema en liza, lo que nos da la vida, lo que nos quita el sueño, la piedra en la que no nos importa tropezar una y mil veces, si es necesario. Nada nos llena tanto como amar y sentirnos amadas, pero no de cualquier forma. Doce mujeres –diez escritoras brillantes y dos actrices de carácter– expresan en estas 12 frases de amor su visión de cómo amamos las mujeres.

El día que una mujer pueda amar no con su debilidad, sino con su fuerza; no escapar de sí misma, sino encontrarse; no humillarse, sino afirmarse… Ese día el amor será para ella como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal.
Simone de Beauvoir

 

¿Puedo amar a alguien y todavía pensar, volar?  Amar es volar bajo, flotando, aunque sea un vuelo solitario batiendo las alas.
Susan Sontag

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Las canciones de mi vida (I)

Todos guardamos una lista de canciones memorables, esas que sonaron en momentos significativos de nuestra vida y se han quedado ahí, en el almacén de la memoria más duradera, la que nos acompaña hasta el final. La primera fiesta de nuestra adolescencia en la que bailamos con el “chico que nos gustaba”, un concierto de rock de uno de tus cantantes favoritos, una noche en blanco en casa de una amiga, lo que sonaba en aquel coche en que nos perdimos un verano por Asturias,  la canción de nuestro desamor, y la del siguiente amor, y las muchas que escuchaste a a solas en tu cuarto, y la de alguna que otra decepción… ¡hay tantas!

He dedicado un buen rato a bucear por Spotify y Youtube en busca de aquellas canciones que formaron parte de mi primera juventud y que todavía hoy cuando las escucho, me traen imágenes y sensaciones de entonces. Ese es el gran poder de la música, parecido al de esos olores que nos trasladan, como en un tobogán, hacia un momento de nuestro pasado.

África, de Toto

La asocio a un verano precioso de mis quince o dieciséis años en el pueblo, cuando cada tarde nos reuníamos la pandilla en casa de mi amiga Mamen a escuchar música y hablar, todos desperdigados por el suelo,  y esta canción sonando una y otra vez.

Y de esos años, la primera canción lenta que bailé con un chico en una fiesta: All out of love, de Air Supply. Yo, tensa como un palo. Muerta de vergüenza. Ahora puede sonar empalagosa, pero en aquellos momentos, nos parecía de lo más romántica.  Sigue leyendo

Las recetas exóticas de Alma

Unas amigas me han pedido que les dé las recetas de algunas de las comidas que cocina Alma en mi libro La estúpida idea de dejarte marchar, así que aquí van.

Las recetas son: el Pad Thai a mi estilo, Pollo al Curry Verde, y la del guacamole, que es más de mi marido y le sale buenísimo. Son muy fáciles de preparar.

(Las fotos no son mías; no soy buena haciendo fotos a mis platos. Además, siempre se me olvida)

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Pad Thai a mi estilo

El Pad Thai es el plato típico tailandés. Riquísimo. Lo más difícil de encontrar es la salsa de tamarindo. Cuando volvimos de Tailandia me traje varios sobres pero cuando se terminaron me tuve que buscar la vida. Ahora he visto en grandes superficios que ya venden la mezcla de especias con tamarindo en frascos o en sobres, así que es mucho más sencillo prepararlo.

Ingredientes para 4 personas

  • 1 paquete de Tallarines de arroz
  • 1 pechuga de pollo
  • 4 gambones
  • 1 huevo
  • 100 g. de brotes de soja
  • un poco de cebollino
  • Un puñadito de cacahuetes machacados
  • 2 cucharadas de salsa de soja
  • 2 cucharadas de azúcar moreno
  • 2 cucharadas de aceite girasol
  • Sobre o mezcla para pad thai.
  • sal
  • Lima

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Momentos de fresas y gin tonics

FresasCuando trabajas en casa, sola, y con el seso medio absorbido a partes iguales por el teclado y la pantalla del ordenador durante muchas horas al día, corres el riesgo de meterte dentro de una burbujita invisible que crece y crece a tu alrededor casi sin darte cuenta. Creo que esa soledad necesaria y cotidiana es la parte más dura del oficio de escribir porque te desconecta mucho de la vida alrededor.

A mí me ocurre con cierta frecuencia, así que en cuanto noto que empiezo a mirar con mala uva al mensajero de turno que osa interrumpirme, es que necesito desconectar con una dosis extra de gente. Salir con mis amigos,  apuntarme a algún sarao, o simplemente, quedar a tomar un café. Confieso que me da pereza decidirme pero cuando estoy allí, no lo cambiaría por nada.

Eso me pasó este viernes, cuando fui a la presentación del libro de María José Vela, una vecina de donde vivo, de quien me había hablado una amiga común. El libro es Amor y Gin Tonic (ed. Tombooktu), una comedia romántica muy divertida y bien escrita que os recomiendo.

La cosa es que nos juntamos allí un grupo de mujeres muy heterogéneas, sentadas en el suelo a lo hippy o a lo yogui, y entre fresas y gin tonics, nos echamos unas risas con el relato de la cadena de señales numéricas, angelicales y alocadas que le llegaban periódicamente a la autora para que dejara su trabajo y se dedicara a escribir. Pensé que cuando algo nos resuena de verdad por dentro, todo son señales. Y entre panchito y panchito, me enteré de que existen unos ángeles que hay quien invoca en busca inspiración, protección o lo que sea. Que no importa dónde estés y a dónde mires, siempre encuentras personas con “ángel”. Descubrí que me encanta un gin tonic de color rosa (no recuerdo su nombre). Y que se pueden hacer galletas deliciosas con la portada del libro impresa en ellas (y comestible! Tomad nota de Villacake).

Y lo que iba a ser “estaré fuera una horita, más o menos”, que le dije a mi marido, se convirtieron en tres horas la mar de ricas en muy buena compañía. Son ese tipo de momentos inesperados en los que te relajas, te reconcilias con tu semana, con tus dudas (cuando estás en pleno proceso de escritura, os aseguro que surgen muchísimas) y contigo misma para sentir que, por suerte, hay vida más allá de los confines de tu pequeña mesa de despacho.

¡Viva San Valentín y El Corte Inglés que lo parió!

Captura de pantalla 2016-02-11 a las 23.24.35Será una cursilería o un invento de una lumbrera del márketing, pero ya que tenemos a la vuelta de la esquina el día de San Valentín, voy a romper una lanza en favor de lo que celebramos este día: el romanticismo.

Con el día de San Valentín pasa como con la Navidad, que se nos llena la boca del propósito de vivir ese sentimiento todos los días del año, pero en cuanto termina, a otra cosa mariposa. Y mi teoría sobre el romanticismo es que es inversamente proporcional a los años que lleva junta una pareja.

Es decir que, de repente, han transcurrido cinco, diez, veinte años con tu pareja, y un buen día te das cuenta de que hace ya tiempo se acabó lo que se daba: adiós regalitos inesperados, adiós viajecitos, adiós gestos cariñosos, adiós sorpresas de esas que te animan a buscar en el fondo del armario (muy, muy al fondo) ese conjunto de lencería que te compraste en un momento de arrebato erótico-festivo.

Adiós, romanticismo.

Y entonces yo, en particular, me doy a la novela romántica como me podría dar al alcohol, por poner un ejemplo. Va por temporadas, eso sí: hay épocas en las que reconozco un cierto enganche y busco, leo o releo todo lo que tengo a mano (Lisa Kleypas, Courtney Milan, Julia London, Susan Elizabeth Phillips, etc, y de las nacionales, Elisabet Benavent, Laura Norton, Ruth Lerga…). Luego siempre llego al punto de saturación y lo dejo por un tiempo.

Me desintoxico, por decirlo de alguna forma.

Eso me suele ocurrir cuando empiezo a perder la noción de la realidad y me siento un poco estafada con esas historias: ni somos tan guapos(as), ni tenemos esos cuerpazos(as), ni hacemos el amor todos los días (¡ja!), ni el amor es siempre tan maravilloso.

Así que, volviendo al invento del día de San Valentín del que confieso me he burlado, renegado, y criticado años y años… me declaro, a partir de ahora, ferviente defensora. Si el tiempo y la rutina ha aplastado el romanticismo en tu pareja, me parece estupendo que exista un día que nos recuerde que un pequeño chute anual de cursilería amorosa no viene mal de vez en cuando.

¡Viva San Valentín y El Corte Inglés que lo parió!

P.D (Y me niego a poner una lista de ideas para celebrarlo porque ese ejercicio, personal e intransferible, también forma parte de la liturgia que se merece este día.)

 

Inspirar, excribir

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Hasta ahora no había pensado en la palabra inspirar pero hace un par de días, leyendo un artículo, la miré con ojos nuevos. Y al hacerlo me he dado cuenta de que significa tomar aire, oxígeno, hincharse por dentro para luego expirar, respirarlo todo. Lo hacemos de  manera automática, pero a veces, decidimos hacerlo conscientemente, con el cuerpo alerta.

Es un proceso muy revelador del mismo proceso creativo: inspirarse en todo lo que ves alrededor (gente, momentos, objetos, libros, imágenes, sabores…), asimilarlo y filtrarlo a través de ti (de tus emociones, de tu conocimiento, de tu vida), y respirarlo después, ya sea en forma de texto, de arte, de música, de platos de cocina, de lo que sea. En mi caso es de escritura, de palabras.

En realidad, creo que la inspiración y la creatividad están idealizadas. Todos tenemos momentos creativos, aunque no sean necesariamente “artísticos”. Todos tenemos ideas fugaces que se pasean por nuestra mente como Pedro por su casa, y podemos optar por dejarlas pasar o agarrarlas y exprimirlas. El que se conviertan en algo más que una idea depende de la “transpiración”, como decía Picasso, de sudar la gota gorda, vamos. De trabajar mucho para desarrollar esa idea inicial.

A veces pasamos por épocas muy creativas (la infancia, la juventud), y otra veces por épocas muy terrenales, en las que dejamos de mirar alrededor y nuestro radar es de miras muy cortas, por las razones que sean.  Siempre estamos a tiempo de recuperar esa capacidad de mirar alrededor y sorprendernos con lo que vemos (en mi opinión,  ese es el primer paso para “inspirarse”), con curiosidad o como si lo viéramos con los ojos de un niño. Creo que más que difícil, es una especie de entrenamiento que mejora con la práctica.

¿Qué me inspira a mí?

Me inspiran los libros y las palabras. Las buenas historias, las que te trasladan a un sitio distinto o las que te dejan con un reconcome interno varios días; las citas o pensamientos que de repente encuentro por ahí. No tienen por qué ser poéticas. Simplemente, verdades o emociones auténticas. Y como en este blog hablo mucho de mujeres y de libros, del último año podría mencionar libros de distintos registros como “la Trilogía de Nápoles”, de Elena Ferrante, de la que ya he hablado, o “Cómo se hace una chica”, de Caitlin Moran, o “También esto pasará” de Milena Tusquets, y en clave romántica, alguno de Marian Keyes, o de Courtney Milan, o de Elisabet Benavent. También sigo algunos blogs como Nada Importa, Café desveladoJune Lemon o Crush Cul de Sac, por ejemplo.

Me inspira el café. Me siento con una taza de café entre manos y es como si le diera a un interruptor: comienzo a divagar caótica y plácidamente.

Me inspira la gente en momentos cotidianos: alguien en quien me fijo mientras espero en la cola del supermercado, o una pareja que parece discutir en un parque, o una ventana iluminada en una casa a través de la que se ve un trocito de salón.

Me inspiran las buenas conversaciones, esas que te ponen las pilas y parece que encadenas ideas, que te abren la mente, que de repente, dices cosas que ni siquiera sabes que sabías. Tan estimulantes, tan escasas.

Me inspira la belleza en general, en la naturaleza, en el arte, en la música, en las ideas, en los objetos. Estoy intentando recordar dónde o a quién se lo he leído hace poco pero decía algo así como que la condición humana necesita de la belleza –crearla, recrearla, contemplarla– para vivir y saber que siempre podremos ser más grandes.

 

De retos y propósitos

Captura de pantalla 2015-11-09 a las 20.01.26Desde hace mucho tiempo, cada año me reservo un momento para mí entre Año Nuevo y Reyes para pensar en lo que me gustaría hacer el año que comienza. La típica lista de retos o propósitos, vamos. Empecé haciendo listas bastante largas y quizás algo difusas (tipo: ser feliz… mmm ¿feliz? ¿qué significa eso? ¿no lo era ya?). Luego, gracias al entorno laboral en el que he trabajado mucho tiempo, empecé a elegir, reducir y concretar mucho más mis propósitos. Tenía una lista para mis retos profesionales, otra para mis retos personales y otra para mis retos en relación con los demás (familia, amigos, etc). Un poco lío, lo sé. Todavía eran demasiados y lo normal era olvidarme de la mayoría de ellos antes de acabar enero.

Quisiera decir que he conseguido no marcarme objetivos para este año. Que lo que haga o consiga, bienvenido sea. Que si de verdad quiero algo, iré a por ello, con objetivos o sin ellos. Que viva la emoción y lo inesperado a la vida ¿verdad?

Pero yo soy incapaz porque me conozco. Necesito tener unas mínimas líneas marcadas y, ya si eso, salirme de ellas para luego regresar. Por eso, ahora me fijo dos o tres propósitos, no más. Dos mejor que tres. O uno, incluso. Propósitos que sean realmente significativos y puedan marcar una diferencia en mi vida entre hacerlos y no hacerlos (el de hacer más deporte lo he dejado por imposible; sé que es bueno para mi salud, pero estoy aburrida de incumplirlo año tras año, lo cual significa que no me motiva lo suficiente). Propósitos que pueda cumplir y que, al echar la vista atrás a finales del 2016, pueda decir: me lo propuse, hice esto o aquello para conseguirlo, funcionó o no funcionó y lo conseguí (o quizás no). Pero que no se queden en las típicas buenas intenciones.

Uno de ellos va a ser reforzar mi relación de pareja. Los hijos, los trabajos, la rutina, las aficiones respectivas… mil cosas nos distraen cada día, impidiéndonos estar cerca en todos los sentidos. Y esas cosas se notan, sobre todo después de más de veinte años. De repente un día, lo miras y piensas que no hay diferencia entre estar con él o sin él. Y ahí empieza lo malo, como diría Javier Marías. El amor, si no se cuida, se escurre por mil rendijas de nuestra vida cotidiana, y vuela a su aire como un globo que se ha escapado de nuestra mano.

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Ya no quiero regalos

Llega un momento en que te basta con regalar y ver la cara de los demás (tus hijos, tu pareja, tus padres, tus amigos) al desenvolver el paquete que tan cuidadosamente has preparado y comprobar que has acertado, que sus ojos brillan de ilusión. Yo ya no apenas deseo regalos, no hay objetos o cosas que me haga muchísima ilusión poseer; tengo lo suficiente. Ahora, todo lo que deseo se concentra en esos pequeños momentos de alegría y felicidad alrededor de los que más quieres que, para mí, es lo que da más sentido a la Navidad.

¡Felices fiestas a todas!